ENCOMIENDA DE TORTOSA



La primera encomienda que la orden del Temple instaló en las tierras del bajo Ebro fue la de Tortosa. Una vez conquistada la ciudad, el año 1148, Ramón Berenguer IV repartió su amplio término entre los señores que le habían ayudado: los Moncada, los genoveses y la milicia del Temple.

La orden del Temple, durante un largo periodo comprendido entre los años 1185 y 1294, poseyó en la práctica el pleno dominio de la ciudad de Tortosa después de incrementar su patrimonio a base de donaciones de particulares, pero, sobretodo, gracias a la cesión que el rey Alfonso II, el Casto, les hizo de su parte.

Siendo el principal puerto de la Corona de Aragón en poder del Temple, se convirtió en la auténtica capital templaria del Ebro y destacó por su importante actividad comercial fluvial con Zaragoza y Lleida, así como por la marítima con los principales puertos del mediterráneo occidental y el Oriente Medio.


Castillo de Tortosa


El legado templario de la ciudad de Tortosa

Los templarios impulsaron la urbanización de nuevos barrios extramuros. Si bien la ciudad que encontraron no había sobrepasado las murallas romanas, bajo su iniciativa se produjo una expansión en la zona donde actualmente está situado el barrio de Remolins, Santa Clara y el Temple. El topónimo el Temple recuerda la ubicación de los terrenos donde tuvo su sede la encomienda, construida estratégicamente junto al río, controlando el paso fluvial y la puerta principal de la ciudad.

Aunque el castillo de la Zuda no es obra del Temple, la Orden tuvo importantes obligaciones militares sobre él. Desde esta fortaleza, contemplando la magnífica panorámica del río y la ciudad, podemos entender la importancia estratégica de la encomienda. Su función defensiva se completaba con el control de torres, como la del Prior, la de Font de Quinto y la de la LLotja.

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