LA ORDEN DEL TEMPLE.

La orden religioso-militar del Temple fue fundada en Jerusalén en el año 1120 y tomó como sede un edificio sito en el lugar que antiguamente había ocupado el Templo de Salomón: de ahí su nombre. Su misión era proteger a los peregrinos y, sobre todo, a partir de su profesión militar, dirigir los anárquicos cruzados.

En 1129 fue reconocida en el Concilio de Troyes, donde tuvo como principal valedor al influyente san Bernardo de Claraval. Innocencio II le otorgó las bulas y privilegios más importantes y en 1147, Eugenio III le concedió el hábito distintivo con la capa blanca y la cruz roja.

Desde el principio fue muy bien acogida en Occidente, donde instaló numerosas encomiendas para administrar los enormes beneficios recibidos. Hasta su disolución, en 1314, por Clemente V, el Temple creó una estructura de, al menos, 870 castillos, preceptorías y casas subsidiarias, cuyos ejemplos aún pueden encontrarse en casi todos los países del occidente cristiano y buena parte del oriente medio.


El Temple en la Corona de Aragón se establece hacia 1130. La orden recibió de todos los estamentos y por doquier beneficios y privilegios de toda índole. Para explotarlos organizó el territorio en encomiendas de tres tipos: rurales, urbanas y militares. Éstas últimas, por razones obvias, sólo existieron en Tierra Santa y en la Península ibérica.

La actitud dadivosa de nuestros soberanos y, sobre todo, la habilidad política de Ramón Berenguer IV, consiguieron la vinculación templaria a la conquista cristiana. Con ellos se realizaron las grandes campañas del Ebro, el Cinca, el Segre, Mallorca y Valencia. El Temple recibió grandes extensiones de territorio, que defendió, colonizó y administró desde fortalezas estratégicas, que fueron la sede de las encomiendas militares.

Cuando en 1307 el Papa ordenó la detención de los templarios, aquellas fortalezas opusieron tenaz resistencia, especialmente Miravet, Castellote y Monzón, que fueron tomadas tras un largo asedio.